Si llevas tiempo en claustros o en cursos de formación continua, seguro que te ha tocado escuchar alguno de estos mitos presentado como si fuera un hecho ya asentado — a mí me ha pasado más de una vez, y la verdad es que algunos suenan razonables incluso cuando ya sabes que no lo son. Eso es parte del problema: los neuromitos no se parecen a una superstición cualquiera, se visten con vocabulario de neurociencia, y eso les da una credibilidad que no tienen.

¿Qué es exactamente un neuromito?

El término se extendió en 2002, cuando la OCDE alertó en su proyecto Brain and Learning de que circulaban muchas ideas falsas sobre el cerebro entre profesionales de la educación. Su definición, que recoge el estudio ya clásico de Sanne Dekker y su equipo, habla de ideas erróneas que nacen de malentender, leer mal o citar mal hechos establecidos por la investigación sobre el cerebro, para justificar su uso en educación (Dekker, Lee, Howard-Jones & Jolles, 2012). La clave está ahí: no son inventos sin ninguna base, son distorsiones de algo que sí es cierto. Por eso cuesta tanto detectarlos — hay un fondo de verdad real (el cerebro tiene hemisferios, hay periodos de desarrollo especialmente sensibles) que se estira hasta una conclusión que los datos no sostienen.

Ese mismo estudio encuestó a 242 docentes de primaria y secundaria en Reino Unido y Países Bajos, todos con interés previo en la neurociencia del aprendizaje, y encontró que de media estaban de acuerdo con el 49% de los quince mitos planteados — y que siete de esos quince los creía más de la mitad del profesorado encuestado (Dekker, Lee, Howard-Jones & Jolles, 2012).

¿Por qué cuestan tanto de erradicar, incluso con formación?

Lo más incómodo del asunto es que formarse no basta para desmontarlos del todo. Un estudio con casi 3.900 personas en Estados Unidos comparó a población general, a docentes y a personas con alta exposición a la neurociencia: la población general creía, de media, el 68% de los neuromitos planteados; los docentes, el 56%; y el grupo con más formación en neurociencia, el 46% (Macdonald, Germine, Anderson, Christodoulou & McGrath, 2017). La formación reduce la creencia, pero ni siquiera la exposición alta a neurociencia la elimina — así que no es solo un problema de falta de información, sino de lo bien que estas ideas encajan con la intuición de cómo "debería" funcionar el aprendizaje.

Una revisión más reciente sobre el tema lo resume con honestidad: el problema lleva detectado unas dos décadas y la investigación apenas ha ido más allá de replicar los hallazgos de los primeros estudios; además, se ha trabajado muy poco en diseñar y evaluar intervenciones para combatirlos (Grospietsch & Lins, 2021). Dicho de otra forma: sabemos que están ahí desde hace mucho, y saberlo no ha bastado para que desaparezcan.

Los neuromitos más repetidos en la escuela (y qué dice la evidencia real)

El estudio más relevante para el contexto español es el de Marta Ferrero, Pablo Garaizar y Miguel Á. Vadillo, con una muestra de 284 docentes en activo de 15 de las 19 regiones de España (Ferrero, Garaizar & Vadillo, 2016). Estos son algunos de los mitos que midieron, de mayor a menor porcentaje de profesorado que los daba por ciertos:

  • Los entornos enriquecidos mejoran el cerebro en la etapa preescolar — 94% lo creía cierto. La idea parte de investigación real, sobre todo con animales, pero se ha generalizado hasta vender materiales y programas "enriquecedores" sin ninguna base para esa extrapolación.
  • Cada alumno aprende mejor si se le enseña según su estilo preferido (visual, auditivo, kinestésico) — 91,1%. Es probablemente el neuromito más estudiado, y ya lo tocamos en el artículo sobre niveles de evidencia científica y en el del Diseño Universal para el Aprendizaje, con el que a menudo se confunde.
  • Los ejercicios de coordinación motora mejoran la lectoescritura — 82%, y los ejercicios de coordinación integran el hemisferio izquierdo y el derecho — 77,1%. Son la base de programas comerciales tipo Brain Gym, y ninguno de los dos mecanismos tiene el respaldo que se les atribuye.
  • La dominancia hemisférica explica las diferencias entre el alumnado (gente de "cerebro izquierdo" lógico y "cerebro derecho" creativo) — 67,2%. Los dos hemisferios se especializan en algunas funciones, pero no funcionan de forma aislada ni determinan un perfil fijo de pensamiento.
  • Solo usamos el 10% del cerebro — 44%. Es probablemente el neuromito más conocido fuera del aula, y las técnicas de neuroimagen llevan décadas mostrando actividad distribuida por todo el cerebro, no concentrada en una décima parte.
  • Hay periodos críticos tras los cuales ya no se puede aprender algo — 29,9%. Aquí el matiz es importante: existen periodos sensibles reales, por ejemplo en el desarrollo de la visión o del lenguaje, pero la versión que circula en los centros suele presentarlos como un cierre absoluto que la evidencia no sostiene con ese grado de rigidez.

Para que el dato tenga contexto: cinco de los doce mitos medidos los creía más de la mitad del profesorado español, un patrón muy parecido al de Reino Unido y Países Bajos, y algo mejor que el encontrado en muestras de Turquía y Latinoamérica (Ferrero, Garaizar & Vadillo, 2016).

¿Tener poca evidencia es lo mismo que ser un neuromito?

No, y merece la pena distinguirlo porque se confunden con facilidad. Un neuromito tergiversa un hallazgo de neurociencia real para justificar una práctica que ese hallazgo no respalda — el problema está en la base, no solo en la cantidad de estudios. Un enfoque con evidencia todavía limitada, en cambio, puede estar bien planteado y apoyarse en una lógica razonable, simplemente sin suficientes ensayos bien diseñados detrás todavía. El Diseño Universal para el Aprendizaje es un buen ejemplo de esto último: tiene menos ensayos controlados de los que su presencia en los centros sugiere, pero no inventa ni distorsiona ningún mecanismo cerebral — es un marco de diseño con respaldo parcial, no un neuromito.

Esa distinción es, en el fondo, una pregunta de niveles de evidencia científica: no es lo mismo "esto tiene poca evidencia todavía" que "esto contradice lo que sabemos". Lo primero pide prudencia; lo segundo, descartarlo directamente.

Apartado práctico: cómo detectar un neuromito antes de aplicarlo o citarlo en un informe

No hace falta ser neurocientífico para hacer una primera criba razonable. Antes de dar por buena una afirmación sobre "cómo funciona el cerebro" de un alumno, conviene preguntarse:

  • ¿La frase usa vocabulario de neurociencia (hemisferios, sinapsis, "conexiones neuronales") para vender algo que se podría explicar igual de bien sin esa palabra? Si retirar el término neurocientífico no cambia nada de la explicación, probablemente estaba ahí solo para sonar más convincente.
  • ¿Viene de un programa o material comercial que usa "el fundamento neurocientífico" como argumento de venta? Es una señal de alarma clásica, sobre todo si el programa no cita estudios concretos, solo "la neurociencia dice".
  • ¿Es una versión absoluta de algo que, en la investigación real, es parcial o matizado? "Después de los tres años ya no se puede aprender X" suena a periodo crítico real, pero conviene comprobar si la fuente original es tan tajante como la versión que ha llegado al aula.
  • ¿Puedes rastrear la afirmación hasta un estudio concreto, o solo hasta un genérico "estudios demuestran"? Si nadie puede señalar el estudio, es la primera señal de que estás ante un neuromito y no ante un hallazgo real.
  • Si hay estudios detrás, ¿qué nivel de evidencia tienen y quién lo ha evaluado? Aquí conviene aplicar el mismo criterio del artículo sobre niveles de evidencia científica: no es lo mismo un caso aislado que una revisión sistemática.

En un informe psicopedagógico esto no es un detalle menor: una afirmación sobre "el hemisferio dominante" de un alumno, colada sin querer entre datos reales de la evaluación, resta credibilidad al resto del documento en cuanto alguien con formación lo lee con atención.

Para llevarlo a la práctica

Los neuromitos no van a desaparecer de las salas de profesores porque alguien los señale una vez — la propia investigación muestra que ni la formación los elimina del todo, solo los reduce. Lo que sí está en tu mano es no ser quien los repite sin comprobarlos: la próxima vez que una explicación sobre el cerebro te convenza especialmente rápido, esa misma facilidad es una buena razón para pararte un momento y preguntar de dónde sale exactamente. Los neuromitos ganan terreno precisamente ahí, en la distancia entre lo que suena bien y lo que de verdad está comprobado.

¿Lo ves distinto o te ha pasado algo parecido? Escríbeme a hola@caosycriterio.es.

Referencias

  1. Dekker, S., Lee, N. C., Howard-Jones, P., & Jolles, J. (2012). Neuromyths in Education: Prevalence and Predictors of Misconceptions among Teachers. Frontiers in Psychology, 3, 429. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2012.00429
  2. Ferrero, M., Garaizar, P., & Vadillo, M. A. (2016). Neuromyths in Education: Prevalence among Spanish Teachers and an Exploration of Cross-Cultural Variation. Frontiers in Human Neuroscience, 10, 496. https://doi.org/10.3389/fnhum.2016.00496
  3. Macdonald, K., Germine, L., Anderson, A., Christodoulou, J., & McGrath, L. M. (2017). Dispelling the Myth: Training in Education or Neuroscience Decreases but Does Not Eliminate Beliefs in Neuromyths. Frontiers in Psychology, 8, 1314. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2017.01314
  4. Grospietsch, F., & Lins, I. (2021). Review on the Prevalence and Persistence of Neuromyths in Education – Where We Stand and What Is Still Needed. Frontiers in Education, 6, 665752. https://doi.org/10.3389/feduc.2021.665752